Solo con un té…

un té

Un té.

Recuerdo cuando todos mis problemas se resolvían con un té rojo con miel y limón que mi mamá me preparaba, tanto ella como yo estábamos seguras que con ese brebaje todo se solucionaría de inmediato. Y fantásticamente sucedía.

Un aplazo en química, un dolor de ombligo, una discusión con mi novio de quince años, el corte de pelo que no me convencía, el tajo en el meñique cortando queso, la hoja del cuaderno que la señorita me arrancó para que rehiciera, y las miles de mañanas que mis ojos aparecían pegados como plantas carnívoras después de dar un bocado.

Un té.

Qué sencillo y encantador, qué amable y protector. El jarabe mágico para las heridas del corazón, la excusa para aclarar mi garganta cada vez que salía al escenario a cantar.

Hoy voy a comenzar mi 1 de Septiembre tomando un té, porque necesito un mimo de mamá para afrontar lo que vendrá a partir de ahora, para que mi despacho no se me haga pequeño después de un mes de trabajar frente al mediterráneo.

Un té…

Comienzan las risas… es de brujas…

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