Eres mi madre

mi mami y yo

Disfrazada de gafas polarizadas esconde su angustia. La naturaleza le aplica los azotes del tiempo en vida y debe aceptar que no hay barreras que atajen a los ejércitos de dolores que avanzan con la vejez.

Quiere inventarse sonrisas de máscaras venecianas, pero cuando se distrae, en su rostro las cejas se le suben como el puente levadizo de Londres; su boca mira hacia el suelo y la nariz se le afina de tanto contener cascadas de lágrimas que sus ojos detienen y quieren escapar por su napia.

Sus años se dejan ver en la profundidad de sus pensamientos, ha comenzado a hablar de hospitales y centros de jubilados, de sus bordados en lino con hilos de seda rizada y del abandono de los que llevan surcos en sus manos y sus rostros. Pero siempre lleva bajo la manga una salida chistosa con el que te tienta a la carcajada.

Coqueta y disparatada, sirena de las pampas con cola de caballo, peinada al viento o con cepillo, solitaria y perfumada para los regodeos que se marca entre sus compañeras a las que hipnotiza con su educada voz de ninfa de los bosques de cemento.

Buenos Aires te quiere ver de pie y te aclama, yo te amo y necesito tus pies con juanetes, tus manos suaves con las uñas pintadas de bermellón. Ahí estaré, relajando tus sobresaltos con palabras fuertes y certeras para cuando tengas momentos de tocata y fuga. En unos días te hablaré con acento valenciano y me imitarás a la perfección, jugaremos juntas a todo lo que se te ocurra, mandarás tú. Eres mi madre.

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