Vana uterus…

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Y se quedó esperando…

Ona Colombo nunca llegó. Esperada entre brocados y puntillas de algodón, entre cajones llenos de diademas de vichy, escarpines de punto rosados y una carta color té de tilo que decía:

“Ona, mi vida, no sé si llegarás algún día, y aunque no llegues te percibo entre cientos de personas que me demandan lo que tú me pedirías. Te  vivo cuando abrazo a tu padre y le digo que se ponga los pantalones azules con la camisa blanca de cuello mao por las mañanas, cuando tu tía Shangazi me pide que cepille su ensortijado cabello grueso.

Estás en mi, Ninfa de mis cuentos que sale al escenario en cada una de mis canciones, baila cada vez que escucho a Etta Jones y suspira cuando el Mediterráneo se enfada en los inviernos tibios del Levante.

No llegas, ni llegarás, pero yo aquí estaré, feliz por tenerte sin tenerte, ignorante de lo que se pueda esperar de mi y fantasiosa porque sé perfectamente cómo sería tenerte.

Ona Colombo sé quién eres, conozco de memoria tus ojos grises y tu cabello color almendras tostadas, hueles a pan casero y caminas con una leve inclinación hacia la izquierda, como tu papá. Permaneces mucho tiempo en silencio pero cuando dices algo siempre lo dices en Re sostenido. No te asusta dormir a oscuras pero prefieres que la luna bañe de plata tu camisón de camiseta cortada.

Salvaje niña despeinada, si solo te falta llegar y tocarme…”

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