Bandoleras en un país de Bandoleros

tango

Bajo el eco de cacerolazos y cánticos despechados contra la injusta gobernación de un De La Rúa obnubilado, un 24 de Mayo del 2002, tomé el avión hacia un destino que me enseñó a descubrirme, a evitar críticas descontroladas, a defender mis derechos, a no protegerme con una frase que me levanta los pelos y los convierte en espadas : “Y bueno, qué le vamos a hacer”. España.

Estoy sentada en la mesa de la cocina de la casa de la calle San Nicolás, en Capital Federal, Buenos Aires; mi mamá plancha un pantalón, de fondo la tele comenta que unos bandoleros arrebatan el bolso de una anciana que cae y se golpea la cabeza. Muestran sangre, los dientes postizos aparcados en la “zanja” de la avenida. Exageración, música de película de suspenso ganadora de Oscar. Asustan, enmudecen, intentan sacarte una lágrima en cada noticia.

Se me encendió la lamparita, ahí me di cuenta por qué mi mamá en cuanto llegué me cedió un bolsito bandolera y me dijo que no use bolsos colgados en el hombro. En cada uno de mis paseos, intenté observar caras, gestos, vestimentas y bolsas de la compra. Pero lo que más me llamó la atención es que hay un gesto que se repite en el 80% de los transeúntes: Todos caminan agarrados de sus bandoleras, “la bolsa o la vida”, la moda de los bolsos shopping no existe. Bandoleras por los bandoleros.

Me llevo una imagen de Buenos Aires rara, un mix de tango mal interpretado y ciudad floreciente. Lastima bandoneón mi corazón y Fashion Buenos Aires, un volvería no volvería, me gusta no me gusta.

Mientras tanto, desde un camión de distribución de materiales, un conductor tira los restos de la yerba del mate a la calle y salpica de verde militar a una señora que espera el autobús. Un caballero termina de comer unos bollos, arruga un papel de 50×50 y lo tira en la acera. Una señora pide en un restaurante que le envuelvan la pizza que le sobra y se la entrega a un chico que está revisando la basura. Un señor me dice: “¿Flaca tenés hora?” y me despide con un gracias enorme y una sonrisa como si le hubiera regalado el billete de lotería con premio. El vecino me invita con un vaso de vino blanco con cubitos en la puerta de su casa para pasar el calor. La pizza sigue teniendo ese sabor inconfundible e irreemplazable. Los helados no son de dos bolas, son cucuruchos de cuatro pisos, torres de colores servidos por profesionales del sabor.

¿Qué puedo decir de Buenos Aires? La amo y la odio por segundos, y ahora, preparo mi bandolera para salir a comprar el pan, unos miñoncitos dorados de la panadería Los Tres Reyes Magos que me apasionan. Salgo con miedo y alegría.

3 pensamientos en “Bandoleras en un país de Bandoleros

  1. Siempre me emocionas Verito. Me duele ver cómo tienes que dividir tu vida en dos, como la leyenda de Salomón. Pero tienes la energía suficiente para enfrentarte a todo esto. Te amo flaca ^_^ !

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  2. Vero, es bonito y triste a la vez, saber que algo que amas va como un barco en un naufragio y no sabes si saldra de esta, po lo que veo al otro lado del charco las cosas tampoco son muy bollantes, pero lo bonito es no dejar de tener esperanzas, un abrazo.

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