Lápices de colores

Con dos coletas de lazos blancos, me encontré sumergida en un banco de caracolas de fideos tricolor. Reposados sobre mi hoja de papel Canson configuraban un collage de tema libre donde el sol iluminaba, con sus rayos de polenta, la sonrisa de una maestra emocionada mientras tocaba con sus manos tibias el césped de yerba mate. El toque argentino de la obra de arte.
Buenos Aires, un colegio de uniformes bordó del barrio de La Boca, allí donde Caminito decora con alma de tango uno de sus rincones y los conventillos se llenan con el tañir cotidiano de ollas que golpean cucharas colmadas de salsa bolognesa.
Anoche, frente a mi Mediterráneo iluminado por un Marte bermellón violento y magnético, Majo y Josemesa.es, coronaron un viernes de pasión recitando sus poemas, haciendo reaccionar a mis pupilas cuando los versos contaban sus recuerdos de infancia. Recordé la mía, mis juguetes, mis sueños, mis sonidos, mis olores, mis esperas. Quiero contarlo.
Una niñez feliz donde cada noche esperaba con anhelo la llegada de mi papá, sus besos y el momento mágico en que abría la puerta de casa y sacaba del bolsillo de su traje gris veteado el chocolate Suchard de aire comprimido.
— ¡Mirá lo que te traje!.
Yo corría hacia él.
En las mañanas frías de martes y jueves de julio, acompañaba a mi madre a sus clases de gimnasia modeladora y en un rincón de cuatro baldosas de goma azabache, mi cuerpo pequeñito, hacía piruetas torpes sobre una colchoneta verde palmera. Olas de suspiros agitados salían de mis pulmones, exhausta pero radiante.
Anoche volví a ese mundial 78. Lluvia albiceleste de papelitos de seda, bocinas de camión y un Fiat 125 blanco que conducía mi padre, enojado, negándose a festejar por las calles el triunfo contra Holanda, porque era mejor verlo con detalle en el televisor Grundig blanco y negro de la habitación. Accedió de todas maneras. Veo a mi madre sacar una trompeta de plástico por la ventana soplando con todas sus fuerzas, pletórica. Los colores de la bandera teñían toda la ciudad. Los hinchas se bañaban en las fuentes de aguas danzantes y trepaban a las columnas de la luz para lucir su orgullo enajenado desde lo alto. Mi hermano y yo felices.
Mi hermano, el que me descosía las muñecas de trapo de patas largas y les cortaba el pelo de lana. Con él hacíamos escapadas nocturnas al kiosko que regentaba mi mamá y le robábamos golosinas. Recuerdo perturbador durante mucho tiempo, hasta que me confesé con el padre Carlos y absolvió mi remordimiento.
Flashes en mi cabeza. El mundial, Videla y el rastrojero azul. El pequeño maxikiosko familiar que ofrecía a los clientes desde un detergente Cilú, un cuaderno Laprida, una muñeca pepona a un chicle Yum – Yum. Vendíamos de todo, poco, para salir adelante .
Instituto San Rafael niñas floresta, recuerdo los discursos de la Señorita Beatriz en las fiestas patrias y su tic de repetir la última sílaba.
— … de nuestro General San Martín – tín. — Me cagaba de risa.
Cuando formábamos en el patio del colegio, antes de subir a las aulas, la Hemana Margarita paseaba su hábito de pingüino entre las filas, me daba un toquecito con su bastón de madera lustrado y me guiñaba un ojo cómplice. Esa era la señal con la que nos advertía que no subiríamos a las aulas a estudiar.
— Señoritas, vayan subiendo hacia las aulas en orden y en silencio— Nos ordenaban las maestras.
— ¡No, no, no, no, no!. Nos quedamos a ensayar las canciones de la misa.— Retrucaba La Margarita. Y ese día el patio se convertía en un coro de voces divertidas y juegos.

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