El cuartito de los Vinilos y derivados

Hoy pensaba en voz baja, para que no deduzcan que estoy loca, en los discos de vinilo que pululaban por el cuartito de planchar de mi casa de Devoto. Ese cuarto, cual un rastrillo (mercado de pulgas),  era un llamado a gritos a ponerse los guantes y comenzar a investigar qué tesoro saldría junto con nosotros de ese dos por dos con aroma a humedad mezclado con apresto para planchar.
Compuesto de varios sectores, aún en el desorden, podías encontrarte a la derecha con una pila de colores claros y texturas de algodón, que llegaba casi hasta el techo descascarado de varias manos de pintura. A la izquierda, un oasis de cajitas matelaseadas, de colores brillantes, estampadas con motivos floridos, arabescos, y sólidos tonos pastel; llenas de botones de miles de formas y tamaños, cintas ribonet para algún cumpleaños en el que tuviéramos que regalar algo que no tuviera un buen packaging; pegamentos de tela, corcho, madera, goma, plástico y algún material extraño para hacer bricolage; trocitos de telas, papeles de colores y un sinfín de elementos que enloquecían a mi curiosidad y entretenían y aún entretienen a mi madre.
Pero al mirar hacia el fondo, un fondo que estaba cerquita pero que me lo dejaba para el final, la zona más apreciada, el rincón musical, inundado de cassettes y círculos negros con etiquetas de colores, los vinilos. Algunos en su sobre, en el que me detenía a admirar la creatividad de la foto, los peinados afro o el brillo de las trompetas, “los vientos” que aprendí a llamar de forma más amigable cuando me crucé con mi amigo Marcelo Martinez, un maestro músico que me enseñó a apreciar los sonidos individualizados por encima del resultado total. Una Donna Summer que aparecía sobre un fondo azul, El Gato Barbieri con un sombrero texano y un cigarrillo a medio fumar sosteniéndose el bolsillo con un dedo como si fuera un gángster; el colorido de Lipps Inc en el que me apresuraba a poner bajo mi brazo para llevarlo al “tocadiscos” y escuchar Funky Town.
Tantas veces he entrado en ese cuartito con la ilusión de encontrar “La Pieza”, y nunca he salido defraudada, siempre he atravesado la puerta de salida con un descubrimiento interesante a cuestas.
He adorado y adoro en el recuerdo, por eso hoy mi post va dedicado a ese cuartito de planchar al que una vez acudí para sacarme esta foto.

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